Biografía mexicana de Picón-Salas

 

Por: Miguel Ángel Campos

 

“Verbigracia”. El Universal (Caracas), 7 de septiembre de 2002, p.3.


 

 

Gregory Zambrano (Compilador), Mariano Picón-Salas y México, Universidad Católica Cecilio Acosta. Colección “El nombre secreto”. Maracaibo. 2002, 252 págs.

 

La tarea de rastrear y organizar la obra disper­sa de nuestro ensayista representativo del siglo, va adquiriendo su perfil definitivo. La estancia mexicana de Picón-Salas, entre pausada y abrupta, estuvo siempre representada por su Gusto de México, editado inicialmente por Porrúa en 1952 y que tuvo innumerables recen­siones, en él confluyen la visión cultural del compendiador y lo sentimental que ata al viaje­ro. Pareciera que ese solo título era suficiente.

 

De tal manera que cuando Picón-Salas re­gresa a México en 1963, creerá reeditar aquellas gestiones anteriores, ejecutadas al amparo del destierro y los autoexilios, vuelve como emba­jador y en la plenitud de quien ha sabido repre­sentar a su país cabalmente, incluso en la ad­versidad —buena parte del ensayo de interpre­tación de la americanidad ha sido ejecutado en labores docentes en el destierro: Uslar Pietri y el propio Picón-Salas conocen bastante de estos azares (había estado en México en los cuarenta y luego tras la caída de Gallegos en el 52, en ese año escribe y publica Gusto de México, buena parte de la redacción de De la Conquista a la Independencia la hace entre México y Co­lumbia University donde estuvo como profe­sor, esta clase de estadía forzosa debía ser áspe­ra y hasta adversa. Igualmente, Uslar está como profesor en New York y -allí escribe La ciudad de nadie).

No podía imaginar que aquella seria una visita efímera, apenas para recordar viejos escenarios, para la reconciliación visual, para fijar en una definitiva mirada las impresiones de sus juicios ya cerrados y de largo alcance sobre el país. La salud resentida y el peso de tantas travesías lo obligan a regresar a Ve­nezuela, quizás con la frustración de perder la oportunidad construida y ajena entonces al sobresalto de lo contingente. Y tal vez piense que el tiempo le ha rendido poco en su trato mexicano, pues ciertamente su Gusto de México luce como un compromiso ya cumpli­do aunque escueto. Pero en realidad ese libro es la punta del iceberg de una relación más inten­sa, dispersa en periódicos y revistas, documen­tos y referencias que muestran el afán sosteni­do de un observador que solía tocar fondo en sus vivencias intelectuales, en su trato con la diversidad que supone la errancia de una aven­tura cultural como la suya. De tal manera, tempranamente, y en los días de poco sosiego, Picón-Salas ya ha saldado sus cuentas mexica­nas, posiblemente sin saber el alcance de ese intercambio: recensiones, polémicas, entrevis­tas, cartas, lecturas cruzadas, todo en una intensa actividad editora y periodística, com­pletan una especie de entrega inconsciente de un escritor de instintivo sentido cosmopolita y en alianza con los símbolos de una cultura pro­teica por excelencia: lo mexicano es cósmico ante todo por su vocación fatalista. Pero sobre todo el libro muestra la observación atenta y casi guiada que la cultura mexicana hace de su relación con México; en la fecha del centenario, el 26 de enero de 2001 el diario Milenio de Ciu­dad de México le dedicó un suplemento de cua­tro páginas, esmero extraño a la prensa vene­zolana que apenas se hizo eco de la celebración a través de notas marginales de redacción.

 

Agrada ver en la perspectiva continental de este libro la notable tarea de nuestros pensado­res, apelando casi a la única tradición que po­día mostrar el proceso intelectual, la de la literatura, adelantan un programa de compren­sión y juicio que salva al país de su aislamiento, y aún del terrible parroquialismo tan frecuen­te en nuestra historia “cerrada” posterior a la Independencia (el libro es, efectivamente, una visión de América; esto prueba cierto paname­ricanismo de los escritores de la época que aún cuando trataban un tema, digamos nacional, la preocupación iba más allá: escriben sobre Mariano Picón-Salas autores de distintas naciona­lidades, Incluso norteamericanos. Creo que la cultura venezolana se hace endogámica y se cierra sobre sí en un acto pueblerino después de la Independencia, allí hubo gente como An­drés Bello, Simón Rodríguez, etcétera. Los pro­pios hombres de armas de la guerra tenían un sentido de ampliación de fronteras notable). Que justamente Picón-Salas sea el más conspi­cuo de esta especie nos enseña que cuando hu­bo conciencia de un destino más amplio en sen­tido territorial y de elaboraciones mentales, se podía llegar muy lejos, recordemos aquí sólo de pasada esa obra maestra de la percepción teó­rica llamada Motivos hispanoamericanos (1931) de Arroyo Lameda. Los matices de lo mexicano atrapan al escritor en una relación que termina siendo acercamiento a la totalidad de lo americano, no cabe duda que la época se prestaba para tal ejercicio, la unidad del con­tinente era utopía de fundamento espiritual, esta certeza había sobrevivido a aquella otra de naturaleza política que dejó la nostalgia de hoy por pensadores como Manuel Ugarte o el siem­pre desencantado y afrancesado Francisco García Calderón. Habría mucho por decir del tra­bajo del compilador, a la paciencia del rastrea­dor debió unir la eficacia del escaso tiempo ro­bado a la labor principal que lo llevó allá, cur­sar el Doctorado en Letras de El Colegio de México.

 

Un fervor sin pausa era necesario para llevar a cabo la notable tarea de acopiar la documentación, organizarla y luego ofrecer la muestra bajo un criterio solvente, así tenemos un catálogo bien orientado que recoge la resonancia de una actividad frenética. “Valoraciones y sem­blanzas’, “Entrevistas”, “Polémicas”, “La obra y la crítica”, y finalmente un Apéndice que da cuenta de las fuentes en un alarde de datos cru­zados, todo muy a tono con la era digital. La sola entrevista de Elena Poniatowska resulta un hallazgo de plena exquisitez para el lector vene­zolano: la revolución cubana, la nacionaliza­ción del petróleo, son temas de un diálogo áspe­ro pero sobrio entre la jovencita desconocida y el escritor en la última vuelta del camino —hoy, para algún estudiante descuidado, el descono­cido tal vez sería el entrevistado-. Memorable es la respuesta que da a Edmundo O’Gorman, a raíz dela acusación que le hace de haberle plagiado una frase sobre el Padre Acosta; podía ser muy duro cuando se trataba de la dignidad herida, posiblemente aquél evitó por el resto de su vida exponerse a su vista (bastaría leer la respuesta que le da, “E. O’Gorman, albacea del. Padre Acosta”, para convencerse; en los sesen­ta, cuando fue duramente atacado por la iz­quierda, Mariano Picón-Salas se mostró indig­nado y descargó toda su furia contra mucha gente joven que le exigía lo que ya había dado, la víctima conspicua en ese entonces fue Carlos Díaz Sosa. De haber conocido aquella réplica Carlos Díaz Sosa en 1960, tal vez no hubiera cometido el mismo error). Pero esto es una recensión, no una lectura en voz alta del libro.

 

Gregory Zambrano consigna las deudas con quienes le antecedieron, y en ese sentido fija el nombre, en la Introducción, de Rafael Ángel Rivas Dugarte, excelente bi­bliógrafo, digno de la extirpe de Manuel Segundo Sánchez. Asimismo, las Instituciones que han sabido atesorar lo que se les encarga tienen, aquí su recuerdo: la Capilla Alfonsina, la Bi­blioteca Daniel Cosío Villegas. Formalidades que enriquecen el libro y ayudan a combatir ese estilo frívolo de ciertos investigadores que a veces raya en la pillería. No está de más adver­tir, y para completar protocolos la inteligente disposición de los editores de este libro, capaces de acoger en el espacio de sus colecciones, y con clara responsabilidad pedagógica, esfuerzos de este tenor que enriquecen la bibliografía vene­zolana en grado de originalidad.