Mundo oriental (El Tigre. Anzoátegui), 7 de abril de 1992, p. 8

 

Gregory Zambrano. Víspera de la ceniza.

 

Por: Pedro Salima


 

 

Mérida no sólo conserva el enigma ancestral que desde lo alto de las montañas vigila las vaguadas de los valles andinos, sino que pareciera reservarse el escudo del misterio donde la poesía pontifica la develación de sus actos, un huerto para el confesionario del hombre que vibra en el vacío del cuerpo con la aplicación y transformación del gesto de la palabra.

    A lo largo de los años, la inquietud literaria ha arraigado su juego de espejos de una ciudad pasiva sobre la longevidad de sus habitantes raigales y violenta, abrupta como la montaña, en la sangre de esos jóvenes que día a día enfrentan la vida aferrados a impredecibles consecuencias en la medida en  que definen los símbolos de su destino.

    Hace aproximada una década, se fundó en esa ciudad un grupo literario, integrado por estudiantes de la Universidad de Los Andes, entre ellos Gonzalo Fragui, Amable Fernández, Eduardo Rivero y Gregory Zambrano, al que también tenían vinculación escritores y poetas de nombradía más amplia, como José Barroeta, Armando Rojas Guardia, Edmundo Aray, Julio Miranda y Ednodio Quintero, el grupo quedó definido bajo el nombre de Mucuglifo, que se convirtió en sesiones de taller literario y en sello editor. Muchos de sus fundadores han editado allí sus libros y han ofrecido a Mérida como casa para devoción literaria a través de encuentros, festivales y de dos páginas literarias que publican en los diarios locales Frontera y El Vigilante.

    Así, viendo el corazón que marcha detrás de un celaje de ausencia por una vereda entrecortada de historia aún sin fecundar en su vibración definitiva, Gregory Zambrano publicó la Víspera de la ceniza, donde su poesía joven asume el reto de la presentación de la tonalidad de los sueños, probando la sinuosidad de un lenguaje que se mueve entre lo sórdido del espíritu lejano y la pugna en el inmenso ambiente de la gesta personal.

    La poesía de Zambrano parte del hallazgo de la cotidianidad, una significación envuelta en juicios de sensación sobre la realidad presente. Existe una incertidumbre tratando de  perfilar la figura del encanto que entre  el deseo y la irreverencia del amor hacen una fuga constante de la cual la única arma para detenerla es el poema, también como único compañero e interpretación de la recompensa: “Los amigos ya no están para el consuelo/ Vuelvo a tantos y a tantos sueños / donde un sol/ de los venados! y una tarde de noviembre son un tiempo y una imagen/ una dicotomía simple/ un nombre apenas”.

    La relación con lo vivencial está expuesta en este primer libro de Gregory Zambrano; desde un punto de vista descendente, corre desde la infancia hacia la memoria, precedida por infinitos trocados por la angustia de una interrogante seca y ardida que a veces abandona el contexto lineal de las cosas y acusa cierto itinerario donde la queja, la dolencia entablan su escenario por la suerte social sin perder la visión de la claraboya biográfica: Acaricio un brillo de metal/ los sueños se postergan/ y todo se detiene/ El caudal corre por dentro indetenible”.

     Sin embargo, a veces pareciera despeñarse por un destino más indescifrable, ya no se recurre a la página para ni siquiera descifrar el episodio trágico, sino que éstas se cerrarán al anochecer y la poesía no vendrá a la salvación. Paradojas de la transición.

La estructura del libro está representada en dos partes: “Palabras para el espejo” y “Canción de ayer”. La presentación de la firma José Gregorio Lobo. Epígrafes y dedicaciones se dispersan en unas cuantas páginas. Los epígrafes, parte de la consistencia del poema y las dedicatorias, la entrega del afecto o el parpadeo de la intimidad.